domingo, 21 de octubre de 2012

SAVITRI DEVI 2 (color): "El estado de caos biológico es la condición preliminar para el dominio de los peores y la aniquilación sistemática de cualquier elite humana superviviente de sangre y carácter. Europa se había estado hundiendo más deprisa que nunca. Se necesitaba un genio 'más que político', una personalidad 'más que humana.' Klara no sabía que acababa de ser el instrumento de un tremendo Poder Cósmico. La divina personalidad de la humanidad aria vivía en el bebé que ella estaba amamantando: su cuarto hijo... El héroe se asemeja a los Dioses."




EL ÚLTIMO NIÑO NACIDO DE LA LUZ

Fue en 1889, durante el primer año del reinado del Káiser Guillermo II.

Bismarck, el Canciller de Hierro, el creador del Segundo Reich Alemán, estaba todavía en el poder, aunque no por mucho tiempo. Las fuerzas ocultas anti-alemanas que pronto iban a causar su cese para más tarde, de forma gradual, romper el ímpetu que él había dado a los acontecimientos, estaban ya en activo; habían estado trabajando durante años. Pero había factores imponderables -fuerzas morales y místicas- al lado e incluso detrás de ellas: las mismas fuerzas de desintegración que habían estado, durante más de dos milenios, pugnando por conducir a la raza aria a su perdición. Y se necesitaba un genio “más que político”, es más, una personalidad “más que humana”, para interponerse en el camino de aquéllas.

Especialmente durante los pasados cien años, en concreto desde la irrupción de la Revolución Francesa, Europa se había estado hundiendo, más deprisa que nunca, bajo la influencia del Judaísmo Internacional y de sus hábiles agentes: la Masonería y los diversos cuerpos secretos supuestamente “espirituales” directa o indirectamente afiliados a ella. Siglos de errónea aplicación del Cristianismo -un credo esencialmente extraterrenal- a los asuntos mundanos, habían preparado la base para el triunfo de las más peligrosas supersticiones: la creencia en la “felicidad” y la “igualdad de derechos” para “todos los hombres”; la creencia en la ciudadanía y en la “cultura” como algo separado e incluso más importante que la raza.

La creencia en un ilimitado “progreso” a través de una supuesta receptividad universal a la “educación”, y en la posibilidad de una paz y “felicidad” universal como resultado del “progreso” -los maravillosos descubrimientos de la ciencia puestos al servicio del “hombre”; la creencia en el derecho del hombre a trabajar en contra del espíritu de la Naturaleza y a favor de su propio breve placer o beneficio; se había incrementado el acentuado, exaltado y popularizado nauseabundo amor al “hombre” como algo distinto y opuesto a todas las demás criaturas, o para ser más exactos, el amor a una repulsiva y estandarizada concepción del “hombre medio”, “ni bueno ni malo”, pero sí débil, mediocre- tan alejado como fuera posible de la milenaria idea guerrera aria de la humanidad superior, expresada en la concepción de que “el héroe se asemeja a los Dioses”, para usar las palabras de Homero.

Y el Colonialismo estaba en su punto culminante, y la actividad de los misioneros cristianos también. Lo cual significa que, tras haber cedido ella misma ante las fuerzas de desintegración, Europa estaba conduciendo rápidamente al resto del mundo hacia ellas; preparando la fase final misma de la Edad Oscura: el estado de caos biológico que es la condición preliminar para el dominio de los peores y la aniquilación sistemática de cualquier elite humana superviviente de sangre y carácter. En aquel entonces, un digno, honesto y trabajador oficial de aduanas vivía con su familia en Braunau, una bonita y pequeña ciudad sobre el río Inn, en la frontera entre Austria y Alemania.

La ciudad, con su plaza principal, en uno de cuyos lados todavía puede verse una vieja fuente dominada por una estatua de piedra de Cristo; con sus viejas casas e iglesias, con sus viejas calles -limpias y a menudo estrechas-, y la “torre” de cuatro pisos -Salzburger Turm-, que ya en aquel entonces separaba la plaza principal del “extrarradio”, era poco diferente de las otras numerosas pequeñas ciudades de la región. Probablemente tenía el mismo aspecto que tiene hoy en día: las ciudades pequeñas cambian menos que las grandes. Y el oficial de aduanas, cuyo nombre era Alois Hitler, vivía y reaccionaba ante la vida como tantos otros funcionarios del gobierno.

Agraciado con una enorme voluntad de poder y perseverancia, desde su juventud se había autoformado promocionándose desde la posición de un muchacho de pueblo a la de notario público de una oficina gubernamental, lo cual se le manifestaba como la cima de la respetabilidad. Y ahora, después de todos estos años, cuyos días fueran tan desesperadamente iguales, su monótona vida no parecía monótona ante sus ojos, puesto que no tuvo tiempo para pensar en ella como tal. Meticulosamente riguroso, él trabajó y trabajó. Y los días y los años pasaron. Pronto llegaría el tiempo en que el honesto funcionario se retiraría con una pequeña pensión. Mientras tanto, él vivía en “el extrarradio”, sólo a unos pocos pasos de la Salzburger Turm, en una vieja casa de dos pisos con pintorescos descansillos abovedados en cada tramo de escalera y espaciosas habitaciones.

Su esposa Klara, era bonita: rubia, con unos magníficos ojos azules. Sólo de veintinueve años (era su tercera esposa), tenía una naturaleza apasionada, pensativa y serena; tan imaginativa e intuitiva como poco románticamente diligente era su marido; tan cariñosa como respetuoso era él; y capaz de un continuo sacrificio sin fin. Ella le respetaba profundamente: él era su marido. Pero sobre todo ella amaba a sus niños y a Dios en sus niños. Y no sabía lo acertada que estaba, en concreto cuan fielmente el espíritu divino; la divina personalidad de la humanidad aria -cuya manifestación aparece ahora y entonces en la forma de un extraordinario ser humano-, vivía en el bebé que ella estaba amamantando: su cuarto hijo. Recién lo acababa de tener el 20 de Abril, a las seis y dieciocho de la tarde, en esa larga y aireada habitación del segundo piso -la última a mano derecha, al final de un estrecho pasillo- en la cual estaba ahora recostada, todavía sintiéndose débil, pero feliz. Las tres ventanas abrían a la calle. A través de los limpísimos cristales y blancas persianas, calientes rayos de Sol entraban a raudales. El bebé dormía. La madre descansaba. No sabía que acababa de ser el instrumento de un tremendo Poder Cósmico.

Continúa...


Maximiani Julia Portas; del título "El Rayo y el Sol."








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